A pocos kilómetros se encuentra otro valle, Añisclo, aún más agreste y estrecho. Aquí casi no hay carreteras, y el acceso solo es posible a pie o en 4×4. Sin embargo, Añisclo conserva puentes colgantes construidos por pastores y cuevas donde se han encontrado pinturas rupestres neolíticas. Este es un lugar para quienes buscan la soledad extrema.
En invierno, el Pirineo aragonés se transforma en un desierto nevado. La mayoría de los turistas se marchan, pero los esquiadores aficionados que prefieren el esquí de travesía a las estaciones oficiales permanecen. Durante esta época, los pueblos cobran vida solo los fines de semana, cuando los lugareños organizan veladas folclóricas con platos tradicionales como estofado de jabalí, pasteles de calabaza y un fuerte vino local.
En verano, se celebran fiestas de pastores en los valles cuando los rebaños descienden de las tierras altas. Se trata de eventos llenos de vida con música, bailes y ferias de queso. Una de las más famosas se encuentra en el pueblo de Fanlo, donde aún se sigue el antiguo calendario y se honran los rituales asociados con el sol y la tierra.
El Parque de Ordesa también es un lugar de poder para los amantes de la geografía espiritual. Muchos creen que la energía de las montañas es sanadora y que los lagos recónditos son portales a otros mundos. Independientemente de tus creencias, es difícil permanecer indiferente ante la grandeza de estos paisajes.
La infraestructura aquí está bien desarrollada: los senderos están señalizados, pero no «mejorados». No hay cafeterías por todas partes, pero sí manantiales con agua potable y refugios contra las inclemencias del tiempo. Esto subraya la filosofía del parque: la naturaleza no es una distracción, sino una maestra.
Los Pirineos de Aragón son más que simples montañas. Son la frontera entre dos mundos: entre España y Francia, entre el pasado y el presente, entre el hombre y la naturaleza. Y quienes se atreven a recorrer estos senderos se van con la sensación de haber tocado algo eterno.
Publicidad
