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El agotamiento no es solo fatiga. Es un profundo agotamiento emocional, físico y mental que se produce cuando cuidar a los demás (en el trabajo, la familia o las relaciones) se hace a expensas de uno mismo. Las personas empáticas —cuya autoestima depende de si son necesarias— son particularmente vulnerables.
Los síntomas del agotamiento incluyen irritabilidad, apatía, desesperanza, pérdida de sentido en las actividades y fatiga física incluso después de dormir. Una persona sigue funcionando, pero por dentro siente un vacío. Siente: «Lo doy todo, pero no recibo nada a cambio».
La causa no es la «pereza» ni la «debilidad», sino un desequilibrio. Cuidar de forma saludable es como estar en un avión: ponte primero la máscara de oxígeno. Pero muchas personas creen: «Si me cuido, me juzgarán por egoísta». Esta falsa creencia conduce al agotamiento. El primer paso es admitir: «Me siento mal y no es mi culpa». El agotamiento es el resultado de un problema sistémico (sobrecarga, falta de apoyo), no de un fracaso personal. Juzgarse a uno mismo solo profundiza la crisis.

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La resiliencia emocional no es la ausencia de emociones, sino la capacidad de experimentarlas sin perder el equilibrio. Es como un árbol en medio de una tormenta: se dobla, pero no se rompe. En un mundo de incertidumbre constante, desde crisis personales hasta trastornos globales, esta capacidad se vuelve clave para la salud mental.
La resiliencia no es un rasgo innato, sino una habilidad. Se puede desarrollar mediante la atención plena, la autorregulación y el pensamiento flexible. El primer paso es aprender a etiquetar tus emociones. «Me siento mal» es vago. «Siento miedo a la pérdida y rabia ante la injusticia» es preciso. La precisión te da control sobre tu estado.
Es importante distinguir entre emoción y reacción. La emoción es una ola que va y viene. Reaccionar es nuestra elección: gritar, retirarnos o huir. Entre el estímulo y la reacción, hay una pausa, y en esta pausa reside la libertad. Aprende a encontrarla mediante la respiración, el escaneo corporal o una caminata corta.
Practica el desapego a los pensamientos. Los pensamientos no son hechos. «Voy a fracasar» es una predicción, no una realidad. Las técnicas de Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) te enseñan a observar los pensamientos como nubes en el cielo: pasan, pero no te definen.

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Muchos confunden la autoestima con la autopercepción basada en el éxito: «Valgo algo porque me gradué, conseguí trabajo, encontré pareja». Pero esta autoestima es condicional: se desmorona al primer fracaso. Una autoestima sana es un sentido de autoestima incondicional, independiente de las circunstancias externas.
El valor es la convicción: «Tengo derecho a ser como soy. Mis sentimientos, necesidades y límites son importantes». No necesita pruebas. Simplemente existe, como el derecho al aire o al agua. Desafortunadamente, muchos aprendimos de niños que el amor solo se da por «buen comportamiento», y esto ha creado una autoestima dependiente.
Para fortalecer la autoestima, empieza por reconocer tus derechos. El derecho a decir «no», el derecho a equivocarte, el derecho a cambiar de opinión, el derecho a priorizar tus intereses. Todo respeto por tus límites es un pilar fundamental del respeto por ti mismo.
Deja de compararte con los demás. Las redes sociales refuerzan la ilusión de que todos son «exitosos, felices y están en forma» menos tú. Pero solo ves los «puntos fuertes» de los demás, no la imagen completa. Tu camino es único y no requiere validación externa.

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La ansiedad no es un enemigo. Es un antiguo mecanismo de supervivencia, desarrollado para advertir del peligro. En las cavernas, nos ayudaba a evitar depredadores; hoy, nos ayuda a prepararnos para una entrevista de trabajo o un examen. El problema no es la ansiedad en sí, sino que a menudo desencadena falsas alarmas: el cerebro percibe la desaprobación social como una amenaza mortal.
Fisiológicamente, la ansiedad es la activación del sistema nervioso simpático: aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, sequedad bucal. Esto no es una «señal de debilidad», sino una disposición corporal para la acción. Si comprendes esto, dejarás de temerle a la ansiedad en sí y, por lo tanto, evitarás la ansiedad secundaria (miedo a la ansiedad), que agrava la afección.
En lugar de luchar contra ella, intenta observarla. Siéntate en silencio y pregúntate: «¿Dónde siento ansiedad en mi cuerpo?», «¿Qué imagen aparece en mi mente?», «¿Qué temo perder?». A menudo, la ansiedad no proviene de una amenaza real, sino del miedo a ser incomprendido, a no cumplir con las expectativas o a estar solo.
Respirar es la forma más rápida de calmar el sistema nervioso. La respiración diafragmática profunda (inhalar durante 4 segundos, exhalar durante 6) activa el sistema parasimpático, el «freno» del cuerpo. Hazlo no para «eliminar» la ansiedad, sino para crear un espacio entre el estímulo y la respuesta.

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Todos tenemos una voz interior que comenta sobre nuestras acciones, decisiones y apariencia. A veces suena como un consejero amable, pero con más frecuencia suena como un juez severo, recordándonos nuestros fracasos, defectos y «deberíamos haber hecho». Esta voz es una manifestación del crítico interno, formado en la infancia bajo la influencia de padres, maestros y la sociedad. Su objetivo no es destruir, sino «protegernos» de los errores, pero sus métodos son destructivos.
El crítico interno se manifiesta con frases como: «No eres lo suficientemente bueno», «Lo arruinarás todo», «Otros pueden hacerlo mejor». A menudo se disfraza de realismo o autodisciplina, pero en realidad, alimenta la ansiedad, la procrastinación y la culpa. Cuanto más fuerte habla, más difícil es comenzar nuevos proyectos, construir relaciones o simplemente aceptarse a uno mismo.
El primer paso hacia la liberación es la consciencia. Empieza a notar cuándo la crítica está activa: después de un fracaso, antes de una conversación importante, al mirarte al espejo. Anota sus frases. A menudo verás un patrón: las mismas acusaciones repetidas durante años, con ligeras variaciones. Esto es señal de que no estás lidiando con la «verdad», sino con un programa aprendido.
El siguiente paso es el diálogo. En lugar de reprimir a la crítica, intenta hablar con ella. Pregúntale: «¿De qué tienes miedo?» «¿Qué defensa me ofreces?». A menudo, la agresión esconde un miedo: a ser rechazada, ridiculizada, no querida. Reconocer este miedo le quita poder a la crítica.

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