La ansiedad no es un enemigo. Es un antiguo mecanismo de supervivencia, desarrollado para advertir del peligro. En las cavernas, nos ayudaba a evitar depredadores; hoy, nos ayuda a prepararnos para una entrevista de trabajo o un examen. El problema no es la ansiedad en sí, sino que a menudo desencadena falsas alarmas: el cerebro percibe la desaprobación social como una amenaza mortal.
Fisiológicamente, la ansiedad es la activación del sistema nervioso simpático: aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, sequedad bucal. Esto no es una «señal de debilidad», sino una disposición corporal para la acción. Si comprendes esto, dejarás de temerle a la ansiedad en sí y, por lo tanto, evitarás la ansiedad secundaria (miedo a la ansiedad), que agrava la afección.
En lugar de luchar contra ella, intenta observarla. Siéntate en silencio y pregúntate: «¿Dónde siento ansiedad en mi cuerpo?», «¿Qué imagen aparece en mi mente?», «¿Qué temo perder?». A menudo, la ansiedad no proviene de una amenaza real, sino del miedo a ser incomprendido, a no cumplir con las expectativas o a estar solo.
Respirar es la forma más rápida de calmar el sistema nervioso. La respiración diafragmática profunda (inhalar durante 4 segundos, exhalar durante 6) activa el sistema parasimpático, el «freno» del cuerpo. Hazlo no para «eliminar» la ansiedad, sino para crear un espacio entre el estímulo y la respuesta.
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