Muchos confunden la autoestima con la autopercepción basada en el éxito: «Valgo algo porque me gradué, conseguí trabajo, encontré pareja». Pero esta autoestima es condicional: se desmorona al primer fracaso. Una autoestima sana es un sentido de autoestima incondicional, independiente de las circunstancias externas.
El valor es la convicción: «Tengo derecho a ser como soy. Mis sentimientos, necesidades y límites son importantes». No necesita pruebas. Simplemente existe, como el derecho al aire o al agua. Desafortunadamente, muchos aprendimos de niños que el amor solo se da por «buen comportamiento», y esto ha creado una autoestima dependiente.
Para fortalecer la autoestima, empieza por reconocer tus derechos. El derecho a decir «no», el derecho a equivocarte, el derecho a cambiar de opinión, el derecho a priorizar tus intereses. Todo respeto por tus límites es un pilar fundamental del respeto por ti mismo.
Deja de compararte con los demás. Las redes sociales refuerzan la ilusión de que todos son «exitosos, felices y están en forma» menos tú. Pero solo ves los «puntos fuertes» de los demás, no la imagen completa. Tu camino es único y no requiere validación externa.
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