El oso polar es el rey del Ártico, la cima de la cadena alimentaria en el rincón más inhóspito del planeta. Su pelaje blanco como la nieve, su gruesa capa de grasa y sus poderosas patas lo convierten en el cazador perfecto en el hielo marino. Sin embargo, este mismo hielo —su hogar, territorio de caza y futuro— está desapareciendo rápidamente debido al calentamiento global.
El alimento principal del oso polar son las focas, especialmente las anilladas. El oso pasa horas esperándolas en los agujeros de hielo, utilizándolo como plataforma. Sin hielo marino estable, no puede cazar eficazmente. En las últimas décadas, los osos se han visto obligados a pasar cada vez más tiempo en tierra, donde el alimento escasea y la competencia es intensa.
El oso polar no es «blanco», sino translúcido: su pelaje es incoloro y hueco, lo que le ayuda a reflejar la luz y retener el calor. La piel inferior es negra para absorber mejor el calor solar. Este es un ejemplo perfecto de adaptación evolutiva a un entorno extremo. Las hembras se retiran a sus guaridas durante el invierno para dar a luz a sus crías. Durante este tiempo, no comen nada, viviendo de sus reservas de grasa. Si hay poco hielo, la hembra no gana suficiente peso y no da a luz, o sus cachorros mueren. Esto hace que la reproducción de los osos sea particularmente vulnerable al cambio climático.
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