Fortalece tu «apoyo interior»: valores que son independientes de las circunstancias. Si la honestidad, el cariño y la curiosidad son importantes para ti, puedes vivir según ellos incluso en una crisis. Esto te da una sensación de significado y control.
No evites la incomodidad. La resiliencia crece experimentando, no huyendo. Permítete sentir dolor, tristeza y ansiedad, sin apresurarte a «arreglarlos». Las emociones son como huéspedes: si no las destierras, se irán solas.
Crea un «botiquín de primeros auxilios emocional»: una lista de lo que te estabiliza. Puede ser música, un paseo, una conversación con un amigo o escribir un diario. Úsalo no para desesperarte, sino como medida preventiva, como autocuidado. Acepta la incertidumbre como parte de la vida. Intentar controlarlo todo solo aumenta la ansiedad. Una persona resiliente dice: «No sé qué pasará, pero puedo con ello». Esto no es optimismo, sino confianza en uno mismo.
Cuidar tu cuerpo es la base de la estabilidad emocional. El sueño, la nutrición y el ejercicio afectan directamente a tu sistema nervioso. No puedes ser mentalmente resiliente si sufres de privación crónica de sueño y estrés.
La resiliencia emocional no es una armadura, es flexibilidad. No te hace «fuerte» en el sentido de «impenetrable», sino que te permite sentirte vivo, abierto y pleno.
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