La ansiedad suele asociarse con emociones no procesadas. Reprimimos la ira, el dolor y la decepción, y se convierten en tensión ansiosa. Permítete sentir lo que estás evitando. Llora, escribe, habla en voz alta: cualquier forma de expresión reduce la presión interna.
Limita las acciones de «prueba»: buscar constantemente síntomas en línea, preguntar a otros, evitar situaciones. Proporcionan alivio a corto plazo, pero refuerzan la creencia: «No puedo con esto». La inmersión gradual en situaciones de ansiedad (exposición) es el camino hacia la confianza. Lleva un diario de ansiedad. Registra la situación, el pensamiento, la emoción, la reacción física y el comportamiento. Con el tiempo, verás patrones y te darás cuenta de que la mayoría de tus miedos no se hacen realidad. Esto destruye la ilusión de control que genera la evasión.
La ansiedad suele empeorar en soledad. Comparte tus preocupaciones con quienes puedan escucharte sin juzgarte. Simplemente decir en voz alta: «Tengo miedo» reduce su intensidad. No tienes que afrontarlo solo.
Recuerda: la ansiedad no es una sentencia de muerte, sino información. Te dice: «Hay algo importante para ti aquí». Quizás valoras las relaciones y temes perderlas. O te esfuerzas por alcanzar el éxito y temes no estar a la altura de las expectativas. Respeta la ansiedad como guía para tus valores.
Al aprender a escuchar la ansiedad, la transformas de enemiga en aliada. Deja de controlarte y comienza a servirte.
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